Monday, November 16, 2009

El clavo de Unamuno

Soy la mayor de cuatro hermanas, y mientras las primeras dos tuvimos la dicha de pasar la prueba de admisión de unas de las pocas escuelas públicas que lo requieren (de esas donde tienes 2 opciones: pasas el examen, o consigues una pala de esas con las que se cava hasta China) las dos menores, por varias situaciones, no tuvieron la misma suerte. Aunque el interés por la lectura que heredé de mi madre saltó a la del medio, mi hermana menor obtuvo genes más parecidos a los míos. Es una joven brillante, y entre nuestros intereses está la literatura. Para recompensar el hecho de que en la escuela no le dan material para leer, siempre me ha gustado alimentar su curiosidad con libros que leo, le paso y luego discutimos. Es por este potencial que hay en ella, y en muchos otros estudiantes de escuela superior pública que me emojo cada vez que Jali llega a casa frustrada porque la escuela no la reta. En su cuarto año, en vez de algebra, le dan fracciones en matemáticas, y las tareas de ingles no consisten en reportes de libros, sino en crucigramas.

Hay cinco grupos del grado 12 en la escuela de Jailene, que organizan a los estudiantes de acuerdo a su desempeño en años anteriores. Esta división se hace con el propósito de identificar las necesidades de cada grupo para poder mantener a los más adelantados en un paso rápido, pero no dejar atrás a los que no entienden tan deprisa. Sin embargo, a todos se les da el mismo material. Pero claro, es más fácil para el profe preparar una sola lección para todos los grupos, que pasar el trabajo de hacer una para cada uno basándose en el nivel de aprovechamiento de los estudiantes. Esto no solo fomenta la mediocridad en aquellos a quienes se les está dando la A en bandeja de plata, sino que quita el interés y frustra a los que les gustaría sacar algo de tener que levantarse todos los días a ir a la escuela.

En otro día aburrido en la clase de español, mientras esperaba el usual ejercicio de preguntas en el cual la propia maestra leía las contestaciones, Jali se sorprendió cuando la Sra. Rosado les asignó un informe oral. Los estudiantes se dividirían en pares, se les asignaría un tema y éstos debían preparar una presentación audiovisual para la clase. Contenta de tener una asignación que no parecía de primer grado, mi hermana, a quien le tocó de tema la vida y obra de Miguel De Unamuno, buscó información y preparó su presentación en “Power Point”. Once “slides” para ser exacta: no muy larga para no aburrir, pero lo suficiente para cumplir con las especificaciones de la profesora, y añadir algunas citas brillantes del escritor, como “El modo de dar una vez en el clavo es dar cien veces en la herradura”.

El día de su informe, Jali llegó al salón con las usuales mariposas en el estomago, pero no estaba preocupada. Al fin tendría algo que añadir a las conversaciones de sus hermanas sobre odiseas en el salón de clases. Llegó su turno. “Miguel De Unamuno…” y comenzó el informe.

Después de breves datos sobre el autor se escuchó una canción de Ednita, seguida inmediatamente por la chillona voz de la profe: “¿Hello?” Mientras Jali hablaba sobre las obras de Miguel, la Sra. Rosado desarrollaba una larga conversación (a todo volumen) sobre por qué no asistiría al “baby shower” de cierta fulana, y con mucha justificación. Los berrinches de una embarazada siempre necesitan ser discutidos a la brevedad posible, y siempre tienen más prioridad que un simple informe. Los estudiantes, como es usual cuando un maestro no está pendiente, le estaban prestando a Jali la misma atención que la Sra. Rosado.

Sexto “slide” y la profe cuelga. “¡Silencio! Vamos a respetar a Jailene”. Casi muerta de la risa por la paradoja que representaba ese comentario, Jali continuó su informe. No había llegado al “slide” siete cuando un viejo amigo de la profe entró al salón, y ésta comenzó a hablar con él, lo más seguro del “baby shower”. El resto de la clase, probablemente porque al no estar acostumbrado a este tipo de ejercicios no sabían que se suponía que escucharan, comenzaron a hablar de nuevo. Jali, ya que nadie le estaba prestando atención –y molesta por el trabajo que pasó para nada– terminó el párrafo que estaba leyendo, saltó al último “slide” y se sentó. La Sra. Rosado, al darse cuenta de que el informe había acabado, terminó su conversación y llamó al próximo grupo a que pasara al frente, no sin antes especificarle a la clase que no hicieran los informes tan largos (porque de seguro ya no la visitaría más nadie, ni esperaba más llamadas y no tendría en que entretenerse mientras ellos hablaban). Al salir de la clase y recibir su nota, mi hermana se indignó al ver un “82B” en su hoja de evaluación. La profe le especificó que perdió puntos por claridad de voz y proyección, y es que a la pobre Jali se le olvidó que perdería puntos por no hablar lo suficientemente alto para que la profe la escuchara por encima de la conversación del celular.

Nos quejamos de que los jóvenes provenientes de escuela superior están “algarete”. Pierden su tiempo en “la fiebre” y cortando clases. Nos sorprendemos de que cada vez los asesinatos entre jóvenes menores de 21 años son más frecuentes. ¿Pero que opciones les estamos dando realmente? Van a clases por salir del paso, ya que sus profesores les demuestran la misma actitud: te doy clases porque no tengo más remedio; no te doy tarea porque sé que no la vas a hacer. De estos estudiantes, son pocos los que siguen estudios sub-graduados, y muchos de los que sí, entran a colegios universitarios que no exigen tomar la prueba del “College Board” y donde pueden terminar de estudiar en dos años. Aún así, la mayoría no termina ni un grado asociado. ¿Y cómo van a hacerlo, si nunca se les preparó para ello?

Al entrar a la universidad, los estudiantes de San Ignacio o María Reina estaban acostumbrados a fechas de entrega estrictas y a múltiples trabajos; a informes orales y ensayos. Pero los de la escuela pública Gabriela Mistral o Vilá Mayo, aunque tal vez con el mismo potencial, llegaron a la clase de humanidades, no sabían hacer un escrito coherente o un informe oral y sacaron mala nota. Se frustraron y se dieron de baja. Entonces la universidad “del pueblo” está llena de estudiantes cuyos padres pudieron sacrificarse para pagar un colegio privado y asegurarse de su preparación.

No estoy diciendo que esto esté escrito en piedra, pero sí en una superficie bastante dura. En mis años de escuela superior, la cual como dije anteriormente era pública, pude contar con maestros dedicados, estimulantes y retantes. Aunque en ese momento los vi un poco majaderos, la verdad es que –con su insistencia y constantes trabajos de lectura y análisis– cultivaron mi potencial y me llevaron a descubrir, alcanzar y sobrepasar mis propios límites. En mi opinión, el deber del Departamento de Educación es asegurarse que tales profesores estén al alcance de todos, de manera que la educación de nuestro país pueda ser un derecho, y no algo que sólo pueden obtener los que puedan pagar por ella. Aunque con la agenda de censura y otras cosas mejores que tiene el Departamento para hacer, dudo que esto pase en algún tiempo cercano. En cuanto a Jailene, sé que será de esas excepciones a la regla; que seguirá dando en la herradura, y aunque le tome mucho más de cien veces, acertará en el clavo.