Wednesday, October 14, 2009

Dosis de lectura: ¡urgente, por favor!

En un sábado aburrido, de esos que –por los constantes sucesos atroces en nuestro país durante toda la semana– nada me sorprende, una buena amiga supo exactamente que decirme para que una vez más la ignorancia de las personas me tomara desprevenida por la espalda y me gritara ‘¡te picó el juey!’. Hablaba ella con unos compañeros de trabajo cuando por alguna razón menciono la Segunda guerra mundial, y el Holocausto. Inmediatamente uno de los compañeros le dijo las palabras culpables del inesperado asalto a mis glúteos: “¿Qué es eso?”

Sí, puedes leer otra vez y no te equivocas. El chico, y otros tres más, no sabían lo que era el Holocausto. Después de un desmayo que la dejó varios minutos inconsciente por el exceso de ignorancia, mi amiga les explicó de la manera más breve y simple posible sobre Hitler y su plan de exterminar a los judíos, por considerarlos la razón de todos los males. Los cuatro individuos, sorprendidos, aceptaron nunca haber escuchado acerca de semejante suceso. Sin embargo, aceptaron haber escuchado el nombre ‘Hitler’ en un aparentemente famoso video en “YouTube”, donde el líder nazi reacciona ante los 16,970 despidos de Fortuño.


No es que quiera sonar creída, pero es que tengo un pequeño defecto. Al asociarme con personas que, al igual que a mí, les gusta conocer y aprender, muchas veces creo que cosas que sabemos, cosas sencillas como qué es una hipérbole o quién es Ghandi, son conocimiento general en nuestro país, cuando en realidad no lo son. La excusa de los compañeros de mi amiga era que ellos no habían tenido la misma oportunidad a la educación que ella, a lo que me atrevo a refutar. Si bien es cierto que por distintas razones no todos podemos hacer o terminar estudios universitarios, esto no justifica la ignorancia o el desconocimiento. Estos dos males, abundantes en nuestra isla, tienen un remedio sencillo e infalible, y que no necesariamente tiene que ser recetado por un profesor: la lectura. Periódicos; libros prestados, comprados o robados; no importa. Leer es conocimiento, y el conocimiento fomenta el pensamiento crítico. ¿Por qué creen que el gobierno está lleno de gente tan brillante? ¿O acaso creen que si Jennifer González leyera algo más que el menú de ‘Wendy’s’ no sabría que el mar Caribe está al sur de la isla y no frente al Capitolio? ¿Y qué tal Juan J. Rodríguez? Después de censurar grandes obras como “Aura” de Carlos Fuentes, y “El entierro de Cortijo” de Edgardo Rodríguez Juliá, aceptó que no había leído ninguna.

Entonces los que levantamos la voz en son de protesta somos tildados de terroristas, y los que se quedan callados, ¿adivinen quienes son? Exacto. Esos que en vez de levantar el periódico y dedicarse a averiguar lo que sucede en el país y en el mundo, se dedican a criticar a la población pensante y a leer TVGuía o “Cosmopolitan”. Todos esos que fueron a ver a Tom Cruise en Valkyrie, pero que no se dedicaron, aunque fuera por pura curiosidad, a buscar el trasfondo histórico de la película. Los mismos que prefieren aprender los nombres y apellidos de cantantes de reggaetón, que de líderes mundiales (sin ofender a Raymond Ayala o a William Landrón, cuya música disfruto bastante).

Nuestro país necesita una seria y urgente dosis de lectura. Así cosas que deberían ser sentido común pueden comenzar a serlo; cosas como que la ubicación de Panamá es América Central, y que el Gobierno trabaja para nosotros y no al revés. Así acabarían las sorpresas del juey de la ignorancia, y éste me dejaría de picar en cada esquina del país. Así podría disfrutar de un buen café en “Sweet Ann Cakes” sin miedo a los desmayos. ¿Verdad, Almairy?

La maldición de la mujer (sobre)educada

Después de otra decepción de parte de un miembro del sexo masculino, me senté a hablar con una amiga –conducta usual de las mujeres en estos casos– sobre porqué los hombres me veían como a una amiga; cómo siempre soy la chica que necesitan, pero no la que quieren tener. Mi amiga, a la que llamaré Ann Julie para proteger su identidad, me respondió: “Ay nena, lo que pasa es que en Puerto Rico, los hombres son unos machistas. Ven a una muchacha inteligente e independiente y prefieren salir con una jibarita que no sepa leer”. Esas palabras me pusieron a pensar, y me parece que puedo acreditar un 75% de mis fracasos amorosos a la intimidación: “Creo que eres bonita, pero muy obstinada” “Hablas cosas interesantes, pero demasiado”. Estas citas son reales, y al pié de la letra.


Luego de una larga reflexión, Ann Julie y yo llegamos a la conclusión de que sufrimos la terrible maldición de la mujer (sobre)educada. Sí, esta es una enfermedad altamente contagiosa que se puede adquirir a temprana edad y que casi siempre es causada por la lectura y el deseo de aprender. Luego de ser infectada, usualmente en la niñez o temprana adolescencia, la maldición se apodera lentamente de la joven. En la luna llena después de la graduación de escuela superior (o bachillerato si la infección fue a una edad más avanzada) el cambio es permanente. Esto produce mujeres brillantes, inteligentes, con opiniones y metas propias, y que no tienen miedo de contestar o expresarle nada a nadie. Este comportamiento suele ser constante, o sea, una vez comienza, no de detendrá.


Así nos ven los chicos después de la transformación...

Obviamente semejante criatura no puede ser alentada, ya que infectará a otras, o producirá crías igualmente pensantes. Es aquí donde entra la sociedad al rescate. Con frases como “esas son cosas de niñas” o “¿te vas a dejar ganar de una nena?” instruyen al niño y futuro hombre a rechazar estas mujeres por miedo a que los superen. Esto no tiene que ver nada con el nivel de inteligencia del chico: lo sufren los que son inteligentes y los que no tanto. Simplemente no pueden tener a su lado –sea por baja autoestima o alguna otra razón– a una persona igual de pensante que ellos, y ni se diga si es exitosa.

En una ocasión escuche a un joven decir: “La verdad es que al principio me gustabas, pero cuando te dije que no podía salir porque esa semana tenía bajo presupuesto, y me invitaste al cine porque tu pagabas, me sentí inútil y perdí el interés”. Me gustaría que alguno de los hombres que lean esto me expliquen que exactamente quiso decir él, porque al sol de hoy no lo entiendo. Ambos éramos estudiantes y trabajábamos, pero aún así era obvio que lo que él esperaba era una chica que dependiera de él.

Es por eso que no puedo evitar pensar que en vez de una mujer sobresaliente, inteligente, independiente y confiada en quien puedan contar, los hombres siempre preferirán –en su mayoría, para que no paguen justos por pecadores– a la ignorante rubia o pelirroja que se ría de todos sus chistes y dependa de él para tener estabilidad mental y emocional (sin ofender a pelirrojas excepcionales como Margaret Sanger y Emily Dickinson, y a rubias inteligentes como.... um... como...ejem)


Y mientras encuentro a uno de esos pocos valientes (que no duden que aún creo en su existencia, al igual que en la de ‘Santa Clause’) que no tema tener a una verdadera igual a su lado –una que no dependa de él, sino que elija estar con él– pues prefiero quedarme con mis compañeras maldecidas: mujeres con pensamiento crítico y propio, dependientes de nadie, de quienes me siento orgullosa de estar rodeada.