Tuesday, September 1, 2009

Sembrando en tierra ajena

-“Cuida’o que no lo vayas a romper… Dale la vuelta pa’ que le cortes las raíces y lo puedas sacar…”

Era la primera vez que visitaba a mi tía a Orlando, Florida, destino de miles de puertorriqueños que cada año dejan la isla en busca de mejores tierras, casas, empleos, carros, escuelas para sus hijos, etc. Frustrados con la situación del país, y no dispuestos a dormir en la cama que nosotros mismos hicimos, nos montamos en un avión con las pocas cosas que podemos (ya que ahora cobran de la 2da maleta en adelante) dejando los problemas para que otro los resuelva.
Mientras observo la lucha por sacar el ñame de la tierra sin que se rompa, pienso en la ironía del asunto. Ahí estaba yo, boricua que ha vivido en la isla toda su vida, contemplando la variante más curiosa de los puertorriqueños: los que se van. Dos especímenes para ser exacta, una ida de Puerto Rico hace más de 30 años y la otra hace apenas 3 o 4.

-“Mira nena” –me decía la de más tiempo fuera de la isla- “yo traje pa’ aca y sembré un roble amarillo, de esos que hay en la plaza donde pusieron la fuente nueva que hay en Viejo San Juan…. la de los delfines. (Se escucha mi voz confundida: “¿El Paseo de la Princesa?”) Ese mismo. Allá en San Juan nada luce, siempre está en construcción o remodelación o algo. Eso espanta el turismo. ¿A quién le va a dar ganas de ir pa allá? Mira qué bonita la finquita que tiene Cynthia. Tiene gandules, aguacates y acerolas. Casi todo lo que se dá en Puerto Rico se dá aquí”

Sin querer decirle a la señora que hace tiempo que esa fuente no era nueva y mientras –por pura cortesía- tragaba el enojo que me causa que hablen mal de mi país, especialmente si el que habla es un “compatriota”, no podía evitar reír por dentro ante semejante paradoja.

Los puertorriqueños le huimos a la labor manual como a la gripe porcina (perdón, AH1N1). Somos criados para pensar que los trabajos “buenos” son el de doctor y abogado. ¿Lo que comemos? Que lo importen. No importa si hay tierras fértiles aquí, nadie las quiere sembrar. El café se pudre en la montaña porque nadie lo quiere recoger. ¿Se rompió la tubería del baño? Llama a Don Hermes, inmigrante dominicano, que él con gusto te lo arregla mientras tú entras al Facebook. Entonces nos quejamos de que no hay trabajo, y nos vamos en busca de la utopía que se encuentra en los E.E.U.U., donde las flores huelen a Chanel y todo es mejor; ni la caca apesta. Llenamos nuestras casas de banderas de Puerto Rico, y nos sentimos orgullosos de Ricky en los Latin Grammys. Pero criticamos cuanta cosa se nos ocurre que pueda haber o suceder en la isla.

Y entonces nos empeñamos acá en sembrar en tierra ajena la finca que no quisimos cultivar en la patria; en sembrar el ñame que en Puerto Rico comprabamos en el supermercado, y en sacarlo de la raíz sin romperlo.

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